Sesiones sí, sesiones no

Algunas de las sensaciones más profundas que experimento como esclava se producen durante las sesiones. A pesar de ello, me gustaría dejar bien claro que no son ellas, ni mucho menos, lo que considero más importante en mi vida de esclava al servicio de mi Amo. Muy por encima de una sesión está mi vida rutinaria, el sentirme estrictamente sometida desde que me levanto hasta que me acuesto, el saber que en cada momento del día mi Amo puede estar controlando todas mis actividades, todos mis movimientos, mis deseos, mis comidas, mi sueño, mi ocio, incluso, mis necesidades más íntimas. Eso es para mí lo que de verdad constituye la esencia de mi vida. Si mi Amo me ordena que me pase la tarde desplazándome a cuatro patas o que sólo puedo sentarme en el suelo sé que debo obedecer a rajatabla, aunque él no esté delante, y que luego me va a pedir cuentas. El hecho de tener que pedirle permiso para cualquier cosa que vaya a hacer, de ser consciente que controla mi vida y es ciertamente el dueño de mis actos me produce un grado de sometimiento que es lo más importante de mi condición de esclava.
Y si al final llega la sesión, es entonces cuando se desbordan la mayoría de las sensaciones. El contacto del látigo sobre mi piel, el sentirme inmovilizada o privada de los sentidos, de pesentarme desnuda y de rodillas ante mi Señor, la vergüenza, la humillación que se eleva al máximo, el ser una verdadera perra, me lleva al exacto lugar que busco desde mi condición. Si además consigo que mi Amo se sienta satisfecho o, incluso, que sienta placer, entonces mi esclavitud tendrá todo su sentido.