miércoles, agosto 16, 2006

La perra


Mi Amo me ordenó ponerme a cuatro patas y acercarme a la mesa en la que se hallaba comiendo, me dio una palmadita y puso un recipiente sobre el suelo con una carne mezclada con salsa de tomate en su interior. Al lado, puso otro bol con agua. Me mandó que comiera y yo, que sabía que tenía prohibido utilizar las manos, incliné la cabeza sobre el recipiente y traté de tragar aquella carne tan difícil de ingerir. Cada vez que metía la nariz en el recipiente, la cadena que partía de mi collar tiraba de mi cuello, pero aun así, hice todo lo posible por cumplir las instrucciones de mi Amo. Y lo hice. Con mucho esfuerzo pero lo hice. Al final, levanté la cabeza, con la nariz y la boca llena de salsa de tomate pero feliz por haber satisfecho los deseos de mi Señor. Entonces, me ordenó que bebiese un poco de agua pero al hacerlo volqué el recipiente, derramando el agua por el suelo. Mi Amo me miró como si no comprendiera cómo había sido posible que su perra hubiera cometido tal torpeza y levantándose de la silla que había estado ocupando, me ordenó que me marchara de allí, que me alejara de su presencia y que no volviera hasta que él me llamase. Luego, soltó la cadena y me dio dos azotes que ya no fueron palmadas, sino azotes de castigo.
Me alejé de su lado sin atreverme a levantar la cabeza, anduve con mis improvisadas cuatro patas, desnuda y temblando y antes de salir del cuarto empecé a llorar. Pero no lo hice porque hubiera tirado el bol, ni porque mi Amo me hubiera reprochado mi actitud o me hubiese pegado. Ni siquiera por miedo a un castigo o porque, incumpliendo mi obligación, le hubiera hecho enfadar. Lloré durante mucho tiempo porque me había apartado de su lado cuando sabía que no podía vivir sin su presencia.

1 Comments:

Blogger Mar de Isaac said...

El encanto desesperado de una voz que me induce a un placer indescriptiblemente etereo.



Pronto vuelvo...

16:19  

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